Había una vez una vela de tarta de cumpleaños que vivía en un cajón. Se pasaba allí metidita, dormida, casi todos los días del año. Pero de vez en cuando una mamá abría el cajón y la vela se despertaba, feliz porque sabía que la iban a colocar en la tarta de cumpleaños de algún niño, y que esa tarde la iba a pasar rodeada de niños jugando, riendo y cantando. Le encantaba escuchar las risas de los niños, y la canción del cumpleaños feliz. Le encantaba sentir las cosquillas que le hacía el niño que cumplía años cuando soplaba la vela para pedir su deseo. En realidad, su vida era muy tranquila y no estaba mal. Pero aquella velita tenía un deseo. Con cada nuevo cumpleaños y cada vez que la encendía, la vela se consumía un poquito y se iba haciendo más chiquitilla. Sabía que un día se haría tan pequeñita que ya no la volverían a encender, y sentía que ese día estaba cada día más cerca. Y la vela, al pensar en esto, se entristecía un poquito porque creía que le iba a llegar el día de dormirse para siempre sin haber conocido más mundo que el cajón en el que dormía y el sabor de las tartas de cumpleaños. Por eso, aquella vela soñaba con ser una vela de barco y poder viajar por todo el mundo y ver las cosas de las que a veces oía hablar a los niños y a sus mamás y papás mientras celebraban las fiestas de cumpleaños. Y sucedió que un día de cumpleaños, justo en el momento en el que la niña que cumplía años, que por cierto se llamaba Marta, soplaba la vela para pedir su deseo, la vela estaba soñando con recorrer los mares. Cuando aquel día la fiesta terminó y la mamá guardó la vela en el cajón, esta se puso a dormir, como siempre, sin imaginar lo que le iba a suceder. Y es que cuando despertó era una vela enorme que estaba desplegada en un hermoso barquito. La vela no se lo podía creer. Un sol enorme y sonriente le hacía cosquillas por todo el cuerpo. Los pájaros volaban junto a ella y la vela los saludaba y entablaba largas conversaciones con ellos acerca de sus viajes, aprendiendo cosas de todos los lugares en los cuales esos pajaritos habían estado. Los peces, que nadaban bajo el barco, asomaban sus cabezas y le contaban a la vela preciosas historias del fondo del mar. La vela era feliz. Su sueño se cumplió, y pudo viajar por miles de sitios, hacer muchos amigos, ver muchos amaneceres y otros tantos atardeceres, sentir el calor del sol y también la frescura de la lluvia sobre su tela... Y un día, después de tanto viajar, el barco entró en un puerto en que muchos barcos como él estaban descansando. Nuestro barquito, el de nuestra vela, buscó una esquinita en aquel dormitorio de barcos y se puso a descansar. La vela, que durante muchísimo tiempo había estado desplegada y despierta, fue entonces plegada para descansar también. Y enrolladita alrededor de su mástil, la vela repasó en su mente todo lo que había conocido en los últimos tiempos y pensó que estaba muy contenta de haber vivido tantas experiencias y haber hecho muchos amigos, pero se dio cuenta de que desde que era vela de barco no había escuchado la risa de un niño. Entonces sintió un poco de añoranza de su vida como vela de cumpleaños. La velita sintió que entre todas las cosas que había vivido a lo largo de toda su vida, la mejor sin duda era el haber conocido la felicidad de los niños en el día de su cumpleaños y el escuchar sus risas entre juegos y canciones. Y echó un poquito de menos a los niños y el cajón en el que siempre dormía a la espera de que una mamá le despertase. Pensando esto se quedó dormida, hasta que de pronto... el cajón se abrió y una mamá la sacó para ponerla de nuevo en una gran tarta de cumpleaños. ¡Era otra vez una velita de cumpleaños! ¡Qué suerte tenía! La vela se sintió muy emocionada, incluso nerviosa cuando la pusieron en la tarta, que era de galletas y chocolate, y vio la carita de Cristina, la niña que celebraba su primer cumpleaños. Cuando Cristina sopló para pedir su deseo, las cosquillas recorrieron todo el cuerpo de la velita, y se alegró de estar allí, y no le importó saber que se había hecho un poco más pequeña ese día. Su deseo, su sueño esta vez, fue poder disfrutar de las risas de los niños el resto de su vida.
Y colorín colorado el cuento de "la vela que quería ser... otra" se ha acabado.
Hasta mañana, mis princesas.